viernes, 7 de septiembre de 2012

Alfabetización informacional: cuestiones básicas

6 junio, 2005 Por José-Antonio Gómez-Hernández
en Notas ThinkEPI 2007 

Aunque la expresión information literacy se usa desde 1974, y en castellano está en la bibliografía del área de Biblioteconomía y Documentación desde mediados de los años noventa, todavía se observa cierta confusión cuando se habla de este servicio en algunos ámbitos profesionales, por lo que no está demás reiterar unos puntos de partida comunes respecto a la alfabetización informacional.
Precisiones terminológicas
Se considera que tener alfabetización informacional (en adelante, ALFIN) es saber cuándo y por qué necesitas información, dónde encontrarla, y cómo evaluarla, utilizarla y comunicarla de manera ética (CILIP). Sería un prerrequisito para participar eficazmente en la Sociedad de la Información, parte de los derechos básicos de la Humanidad para un aprendizaje de por vida (Declaración de Praga, Debate UNESCO…), y la OCDE, en sus estudios sobre las competencias básicas para cualquier ciudadano (estudiadas en el proyecto DeSeCo), cita entre éstas tanto la ALFIN como la alfabetización digital (Cuevas y Vives, 2005) .
Desde el punto de vista de los profesionales también hablaríamos de ALFIN para denominar los servicios diseñados para facilitar que los usuarios adquieran esa capacidad, y finalmente, desde el punto de vista teórico o de la investigación, designaría un área disciplinar cuyo objeto sería el desarrollo de normas, modelos pedagógicos, criterios de evaluación, estrategias políticas para la mejora de las competencias informacionales de los ciudadanos…
Propuse la traducción de information literacy por alfabetización informacional desde 1998 frente a otras traducciones, porque es correcta gramaticalmente (información admite la derivación informacional, que se usa también con otros términos: cultura, economía, pedagogía… informacional), y es la que creo que más se ajusta a su significado en el contexto del que parte. A veces usamos el acrónimo ALFIN –igual que en el mundo anglosajón se abrevia INFOLIT-, propuesto por Félix Benito, autor de la primera tesis doctoral sobre este tema en España (Benito, 1995) aparte de la de Francisco J. Bernal (1982). Otra expresión relacionada es educación documental, que también formuló Benito cuando diseño un tema transversal para la Educación Secundaria Obligatoria que formara a todos los estudiantes en las metodologías de gestión y uso de la información documental. ALFIN nos valía tanto como acrónimo como de alusión a un deseo de materialización de esta capacidad básica para las personas.
La expresión suena extraña en español a los oídos del ciudadano corriente, que asimila alfabetización con saber leer y escribir. Por eso, prefiero su uso de modo interno, dentro de la comunidad profesional, cuando nos refiramos al desarrollo de servicios o la realización de investigaciones pertenecientes a esta área disciplinar. En cambio, cuando nos dirijamos a los destinatarios finales de este servicio, denominaría a las actividades, cursos, tutoriales u sesiones de una manera más concreta, en función de los conceptos, procedimientos o habilidades que les estemos enseñando. Así evitamos ese aparente tono paternalista o peyorativo en castellano del término, que implica reconocerse analfabeto a quien sigue programas de alfabetización. Aunque realmente todos somos analfabetos en muchos temas, y sería saludable saber reconocerlo, parece que en España solo nos aceptamos analfabetos de buen grado en lo tocante a lo tecnológico, quizás por lo novedoso de las TIC. Por eso se habla con más naturalidad de alfabetización tecnológica o digital que de ALFIN.
A diferencia de la formación de usuarios tradicional, de la que se puede considerar una evolución, la ALFIN no se limita a preparar para usar una institución o sus servicios, ni pretende que el usuario se adapte a nuestros criterios técnicos u organizativos, ni se queda meramente en la instrucción bibliográfica, en las habilidades de búsqueda y localización de la información. La ALFIN pretende o aspira a incluir competencias no trabajadas usualmente en la formación de usuarios: evaluación de los recursos, comprensión, utilización y comunicación de la información. Es decir, para usar la información en la toma de decisiones o generar conocimiento hay que entrar en habilidades congnitivas, e incluso en aspectos éticos. Muchas actividades de formación de usuarios serían aspectos parciales de la ALFIN, pero en función de las necesidades de los individuos, de las posibilidades del contexto o de la colaboración con otros mediadores en procesos de aprendizaje, deberemos ir más allá para incluir el uso reflexivo e intencional de la información para la creación de conocimiento. Yo relaciono la ALFIN en última instancia con los enfoques constructivistas del aprendizaje, el fomento de la autonomía del individuo y el desarrollo de su capacidad crítica en una sociedad compleja, necesitada de implicación y participación democrática.
Los modelos de la ALFIN
La descripción de los conceptos, procedimientos y actitudes que abarca la ALFIN se ha realizado a través del desarrollo de normas (como las de las asociaciones estadounidenses ACRL/ALA, AASL/ALA, las australianas ANZIIL, las británicas de SCONUL, CILIP…), modelos pedagógicos (BigSix Skills, BigBlue)… Hasta ahora la mayoría de las propuestas diferenciaban los contenidos de la ALFIN según se fuera a aplicar con escolares, universitarios u otros colectivos, y eran de ámbito nacional, pues comprensiblemente no es la misma alfabetización la que se requiere en un colectivo científico o profesional especializado que en un medio de cultura oral indígena. El reto en el que estamos es llegar a un modelo de consenso, unas normas internacionales de carácter general, hechas para describir la ALFIN para cualquier individuo, pero lo bastante flexibles como para adecuarse a marcos, colectivos y sociedades diferentes. CILIP lo ha intentado, y la IFLA tiene ya un borrador de Normas internacionales realizado a través del Presidente de la Sección de ALFIN, Jesús Lau.
ALFIN y otras alfabetizaciones
Dado que en inglés se usa literacy por extensión para referirse a la capacidad de usar diferentes medios, tecnologías o lenguajes, se habla de alfabetización audiovisual –la capacidad de compresión y crítica de los medios y lenguajes audiovisuales- tecnológica –la capacidad de manejo de la tecnología de la información- digital –el dominio de los medios hipertexto e Internet-, alfabetización científica –el dominio de la ciencia y sus mecanismos de creación, transmisión y aplicación- y de otras muchas alfabetizaciones. La ALFIN tiene una dimensión comprensiva de las demás, y en la IFLA, para cuya presidente Kay Karesoka ha sido objetivo principal, se ha llegado a formular el concepto de alfabetización continua (lifelong literacy), que englobaría la alfabetización lectoescritora básica, la digital y la ALFIN, integrándola con la idea de aprendizaje permanente (lifelong learning).
Un problema que observamos los defensores de la ALFIN es que en las políticas de desarrollo de la Sociedad de la Información se ha primado por parte de los gobiernos la alfabetización tecnológica o digital, y aspiramos a lograr una mayor presencia de la ALFIN, pues la comprensión y evaluación de la información es una condición para una auténtica apropiación social de las herramientas tecnológicas que mediatizan el acceso y uso de la información. En esta línea estuvo el Congreso de Praga, IFLA y el reciente debate en UNESCO sobre ALFIN dentro del Programa de Educación para todos.
Los métodos de enseñanza y evaluación de la ALFIN
La ALFIN se relaciona con los enfoques constructivistas del aprendizaje, en los que el sujeto hace un aprendizaje significativo, que parte de sus conocimientos previos, y es activo, reflexivo e intencional en la realización de sus tareas. La ALFIN por ello, preconiza métodos activos, en los que el estudiante haga prácticas, resuelva problemas (PBL: Problem Based Learning) teniendo que utilizar información, compartirla (trabajo colaborativo, grupos de discusión), y llegue a ser capaz de autoevaluar el proceso que ha seguido y sus resultados para llegar a ser más capaz de dirigirse autónomamente.
Esto hace que cobre importancia la evaluación. A pesar de que la evaluación tiene mala prensa (por culpa de los exámenes que todos hemos sufrido en nuestra vida, basados en la repetición y en la memorización), es muy importante para saber si realmente a través de las actividades de ALFIN las personas han aprendido lo que les quisimos enseñar y para poder certificarles que han adquirido las competencias informacionales y pueden utilizar este reconocimiento de acuerdo a sus intereses. Por esto hay varios proyectos en marcha para desarrollar herramientas de (auto)evaluación de la ALFIN, y quizás conozcamos pronto experiencias españolas a través de bibliotecas públicas y universitarias (que ya participan e imparten cursos acreditados).
Otra consideración frecuente es que la ALFIN se enseña mejor cuando se hace en el contexto de las necesidades de quienes siguen los programas: por ejemplo, si lo hacemos en la escuela o la universidad, si integramos las actividades de ALFIN con las asignaturas y trabajos de los alumnos, de modo que no les enseñamos a informarse en abstracto o con ejemplos ajenos a sus fines de aprendizaje. Aunque esto hace que la motivación sea mayor, no siempre las actuaciones de ALFIN se pueden hacer dentro del currículo formal, y en todo caso debemos procurar encontrar la relación entre los contenidos de la formación y los intereses de los destinatarios, y dar una acreditación de lo que han aprendido. La colaboración con docentes y el contexto son importantes, pero lo fundamental es enseñar a informarse a la gente en cualquier situación, y más cuando el aprendizaje continuo ha roto la frontera entre educación formal y aprendizaje informal. La relegación de la ALFIN tendría que ver en España con la dificultad para el cambio de la cultura docente y la insuficiencia de las bibliotecas escolares, lo que perpetúa los métodos didácticos basados en la transmisión y reproducción de contenidos, más que en el desarrollo de competencias. Así los ciudadanos se forman más como consumidores que como gestores de sus propias necesidades de información.
ALFIN y organizaciones
Por último debemos referirnos a que, aunque pueda parecer que la ALFIN sea un tema principalmente bibliotecario y de otras instituciones documentales con un componente didáctico, creemos que también es muy importante en las organizaciones en general, en donde se relaciona con gestión del conocimiento: En realidad, la ALFIN en el ámbito organizacional abarcaría habilidades relacionadas con trabajo en intranets y metodología de comunidad virtual, elaboración de documentos colectivos, compartir información de interés para la organización, documentar los procesos internos… son habilidades de información que contribuyen a la organización del conocimiento.
Referencias

Gómez-Hernández, José-Antonio. “Alfabetización informacional: cuestiones básicas”. AnuarioThinkEPI, 2007, v. 1, pp. 43-50.

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